La geometría de una naufragio
El reflejo de un colapso.
La lenta fotosíntesis del amor, desafiando la entropía con la obstinación secreta de todo lo que aún respira.
La mirada de un abrazo, la culpa antigua del miedo, ese huésped silencioso que conoce el nombre de todas las despedidas.
Bebimos el mismo vino como quien firma un armisticio.
Después llegaron los enfados sin patria, las guerras pequeñas, el arma oxidada del pasado, las grietas de un barco que confundió el horizonte con la nostalgia.
Hubo noches de orgullo mal servido, besos que llegaron tarde, palabras ebrias volviendo de madrugada para pedir perdón.
Hubo domingos de derrota, camisas arrugadas, y esa costumbre tan humana de querer tener razón cuando lo único importante era tenernos.
Hay silencios que no esperan respuesta; solo desean ser habitados.
Y hay días que atraviesan la piel como un palimpsesto:
el tiempo escribe sobre nosotros sin borrar del todo aquello que fuimos.
Te pienso en la duración exacta de un reloj que duda,
como quien guarda una canción que ya no suena pero aún conoce el camino de regreso.
Apareces como una fotografía olvidada;
el azogue de tus ojos hace creer a la noche que todavía puede reflejar el alba.
La luz acariciando la herida, el deseo vistiendo de oro lo que el tiempo llamó ruina.
La sed. Tus manos. Ese idioma anterior a las palabras que nunca necesitó gramática.
Querer no fue salvarnos.
Fue quedarnos cuando el amor dejó de fingir eternidad;
cuando apareció desnudo, con sus ojeras, sus dudas y sus ganas de seguir existiendo.
Amar no fue prometer que no habría tormentas,
sino aprender que hasta el mar se cansa de romper contra las costas.
Entonces llegó la anagnórisis:
comprendimos que nada nos pertenece.
Ni la juventud, ni los cuerpos, ni los inviernos.
Solo la forma en que sostenemos aquello que habrá de partir.
Y fue allí, en ese umbral,
donde la luz dejó de combatir la oscuridad para aprender a respirar con ella.
Nos encontramos de nuevo, no como quienes vencen al destino, sino como quienes dejan de discutir con él.
Y entendimos que el amor nunca fue la ausencia de grietas,
sino encontrar otra alma capaz de mirar las propias sin apartar los ojos.
Porque hay heridas que no piden cerrarse.
Solo convertirse en ventanas.
Y cuando dos almas aceptan contemplarse a través de ellas,
la luz ya no entra:
descubre, en silencio, que siempre había vivido allí.
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