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Justo antes de dormir

  Hay días en los que el cielo olvida quedarse arriba y decide vivir dentro de ti. Las lágrimas aparecen sin permiso, buscando un océano que no siempre existe. Porque hay dolores que no quieren respuestas. Tan solo un lugar donde descansar. Esperas un mensaje que alivie y llega una llamada que despierta culpas que ni siquiera sabías que seguían respirando. Entonces entiendes que no todas las ausencias pesan igual y que no todas las palabras llegan para sostener. Hay días que nacen bisiestos aunque el calendario insista en llamarlos verano. Días en los que el mundo continúa floreciendo mientras tú aprendes, en silencio, el idioma del invierno. El interés cambia de orilla y descubres que hay lugares donde uno deja de pertenecer sin hacer ruido. Y, sin embargo, la vida tiene esa extraña costumbre de quedarse. De esperar a que el ruido se canse. De recordarte que un día malo nunca ha sido una vida rota. Quizá de eso trate la fortaleza. No de no caer, ni de no llorar. Sino de mirar ...

Los relojes también sangran

  ¿Y si la vida no fuera un camino, sino un cuadro que se pinta mientras lo estamos atravesando? ¿Y si el destino tuviera el sentido del humor de un reloj derretido al sol? De niña quise ser futbolista. Soñaba con un balón cuando todavía parecía que los sueños llevaban género. Corrí detrás de él hasta comprender que la realidad también sabe disfrazarse de victoria. No llegué exactamente donde imaginaba, pero descubrí que el mapa nunca coincide con el territorio. Después quise ser policía. La vida, que acostumbra a firmar sus obras con tinta invisible, me convirtió en psicóloga y técnica deportiva. Y entonces entendí que no perseguiría delincuentes, sino silencios. Que las cárceles más difíciles de abrir no tienen barrotes, sino recuerdos. Que el músculo y el alma se fatigan de la misma manera: cuando dejan de creer. Más tarde apareció la ausencia. Siempre llega sin equipaje y, aun así, ocupa toda la habitación. Me despedí de quien imaginé para todos mis inviernos. Intenté s...

Cuando ya no haga falta

 Dicen que el amor se acaba. Yo creo que, a veces, solo deja de tener un sitio donde quedarse. Si los días fueran eternos y tus abrazos siguieran siendo ese lugar donde todo dejaba de doler, elegiría volver una y otra vez. Sin prisa. Como quien regresa a casa después de un día demasiado largo. Todavía no sabes que hay personas que se van y, aun así, una sigue eligiéndolas en silencio. Yo voy a quererte incluso cuando la vida nos escriba en páginas distintas. En tus ruinas, por si un día necesitas recordar que también de ahí se sale. En tus pasos, aunque ya no caminen junto a los míos. En cada uno de tus logros, aunque tenga que celebrarlos desde lejos. En los días de verano, cuando el sol parezca suficiente para todos. Y en los inviernos que se empeñan en helarlo todo. Porque querer de verdad nunca fue poseer. Fue desear que te fuera bonito, incluso cuando ese bonito ya no me incluía. Así soy yo. Y quizá tú nunca llegues a saberlo.

La geometría de una naufragio

 El reflejo de un colapso. La lenta fotosíntesis del amor,
desafiando la entropía
 con la obstinación secreta
 de todo lo que aún respira. La mirada de un abrazo,
la culpa antigua del miedo,
ese huésped silencioso
 que conoce el nombre
 de todas las despedidas. Bebimos el mismo vino
 como quien firma un armisticio. Después llegaron
 los enfados sin patria,
las guerras pequeñas,
el arma oxidada del pasado,
las grietas de un barco
 que confundió el horizonte
 con la nostalgia. Hubo noches
 de orgullo mal servido,
besos que llegaron tarde,
palabras ebrias
 volviendo de madrugada
 para pedir perdón. Hubo domingos de derrota,
camisas arrugadas,
y esa costumbre tan humana
 de querer tener razón
 cuando lo único importante
 era tenernos. Hay silencios
 que no esperan respuesta;
solo desean ser habitados. Y hay días 
que atraviesan la piel
 como un palimpsesto: el tiempo escribe sobre nosotros 
sin borrar del todo
aquello que fuimos. Te pienso
 en la duración exacta
 de un reloj que duda, ...

De eso se trata

De eso se trata: de vivir.  Como si cada día fuera un regalo y cada aliento pudiera ser el último de un día cualquiera. La vida tiene la extraña costumbre de acelerar cuando queremos detenerla y de detenerse cuando deseamos que avance. Hay etapas que parecen congeladas y otras que pasan tan deprisa que olvidamos habitarlas. Yo también tuve una infancia fugaz, de esas que te hacen recordar olores, pero no imágenes. También quise crecer durante un tiempo y, con los años, me arrepentí de aquella prisa. Tuve una adolescencia ya obsoleta, llena de dudas, a la que me gustaría volver no por el pasado, sino por la energía con la que la enfrentaba. Y la madurez me está pillando con ganas, con tiempo y con sonrisas. Nunca fui de las que quisieron crecer demasiado rápido. No soñaba con cumplir dieciocho, con marcharme de casa o con librarme de las normas. Quizá por eso hoy sonrío cuando veo a quienes darían cualquier cosa por volver atrás. Qué ironía: pasamos media vida queriendo correr y la ...

Confusión

  Qué difícil es encontrarse cuando dos personas miran hacia el mismo lugar, pero una de ellas sigue levantando muros en mitad del camino. Nunca fui la mujer de los cuentos. No tengo la delicadeza de quien convierte cada conflicto en seda ni la paciencia infinita de quien calla para agradar. Tengo carácter. Tengo orgullo. Tengo heridas. Y algunas de ellas aprendieron a defenderse antes que a confiar. Siempre me mostré como era. Quizá por eso me vendí mal. Porque hay quien confunde la sinceridad con un defecto. Nunca prometí perfección. Nunca escondí mis sombras. Las puse encima de la mesa para que nadie pudiera decir que no las había visto. Y aun así, detrás de todo eso, hay una mujer que ama sin medias tintas. Que intenta comprender incluso cuando no entiende. Que da lo mejor de sí aunque a veces llegue tarde, aunque a veces se equivoque de forma estrepitosa. Porque sí, me equivoco. Pero jamás me escondo detrás de mis errores. No soy perfecta. Y no quiero serlo. Prefiero s...

La forma de la distancia

  Si pudiera entrar en ti, las estrellas perderían el hábito del ruido, las amapolas flotarían despacio y el trigo aprendería otros colores. Si alcanzara tu esencia, detendría mi prisa, mezclaría barro y fuego entre las manos hasta entender la forma de tu sonrisa. Si supiera llegar a ti, no temblaría tanto en la distancia corta, ni escondería en palabras pequeñas todo lo que nunca digo. Porque basta tu nombre para alterar el aire, y basta tu ausencia para que el día pese más de lo debido. En tu caos encontré mi grieta, en tu huida, la intemperie; hay personas que pasan como un relámpago silencioso y dejan la noche distinta. Ahora sé que no todo lo bello permanece, pero incluso lo que se va puede dejar luz suficiente para aprender el camino de vuelta.

Primavera que arrasa

Llegó la primavera para arrasarlo todo. No con flores, ni con luz, ni con ese rumor de vida que otros celebran, sino como un viento que desordena lo que ya estaba frágil. La idea que tenía para este año ha vuelto a posponerse, como tantas otras, como si el tiempo me colocara siempre un paso detrás, en ese segundo plano donde las cosas no llegan a ser completas. He roto con los hábitos que formaban parte de mí, y en ese quiebre he perdido por las dos partes: por confiar… y por querer más de la cuenta. Me arriesgué sabiendo que podía perder, pero también con la idea ,casi inevitable, de que podría ser. Y ahora solo queda asumir que en el deseo y en la atracción hay siempre una porción grande de sinrazón. Que no todo lo que se siente merece guiar el rumbo. Que el corazón, a veces, también se equivoca, ¡carajo! Ya no existen las caricias. Se han diluido también los “buenas noches”, y los “te quiero” se han ido haciendo lejanos, casi irreconocibles, como palabras que pertenecieron a otra hi...