Quiero un amor
que camine conmigo como quien reconoce en otro
un fragmento del mismo misterio.
Un amor que no huya de mis luces
y tampoco de mis sombras,
que se quede cuando la vida suena hueca
y cuando el alma duele de tanto pensarse.
Que no me busque por falta,
sino porque en mi presencia encuentre reposo,
un lugar donde el caos se aquieta
y el mundo deja de exigir respuestas.
Quiero un amor que venga conmigo a la noche
cuando la conciencia arde,
y que, sin querer salvarme,
me recuerde que incluso en el vacío
hay un pulso que sigue insistiendo en ser.
Un amor que sostenga mis dudas con ternura,
y que, juntas, podamos ascender
a ese Parnaso secreto donde el espíritu,
libre de disfraces, se atreve a decir:
<aquí estoy>.
No quiero ficciones ni promesas de eternidad,
solo verdad: la verdad cruda,
hermosa y temblorosa
de dos seres intentando comprender su paso por el mundo.
Quiero a alguien que entienda
que el sueño más audaz
es compartir la existencia,
aunque duela, aunque asuste, aunque desborde.
No deseo ser sombra de un pasado roto
ni eco de guerras apagadas.
Solo anhelo una mirada que escuche,
una sonrisa que no tema entregarse,
una dirección compartida,
aunque cada quien marche con su propio latido.
Y así, desde la frontera en la que el alma se interroga,
me pregunto:
¿Es el amor el que se desvanece,
o somos nosotros, temerosos del vértigo de existir,
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