Invencible
Una se cree invencible. Como esas noches en las que el invierno decide marcharse sin hacer ruido, o como esa madrugada en la que el despertador, por una vez, no interrumpe nada. Una se cree invencible en las palabras que llegan tarde, en los taxis que pasan de largo, en los versos que alguna vez fueron para alguien y terminaron siendo para cualquiera. Se lo cree porque ha aprendido a llorar lo justo, a desgastarse sin hacer demasiado ruido, a beberse el último sorbo como quien todavía espera llegar a casa. Y entonces te dicen que respires. Por la nariz. Que sueltes el aire despacio por la boca. Como si vivir pudiera reducirse a algo tan sencillo. Pero hay personas que no saben de respiraciones. Personas que llegan y te cambian el pulso. Que te oxigenan sin pedir permiso. Que consiguen que el aire pese menos y que, por un instante, una deje de sentirse invencible para sentirse simplemente viva. Quizá sean esas compañías de las que nunca nos damos cuenta. Las que no vienen a sa...