La primera boya
La vida galopa a veces entre el miedo y el no puedo.
Entre la pregunta de por qué demonios nos hemos metido aquí y esa otra, mucho más incómoda, de qué hemos venido a buscar.
Hay un instante, justo antes de lanzarse al agua, en que todo parece una mala idea.
La gente alrededor.
El ruido.
Las brazadas.
Ese miedo antiguo a que una mala corriente, un golpe, un descuido, puedan hundirte.
Y tú solo quieres llegar a la primera boya.
Después ya veremos.
Quizá la vida tenga algo de eso. De lanzarse sin demasiadas garantías y aprender a respirar mientras avanzas. Los estoicos, que sabían bastante de perder cosas y de no perderse a uno mismo, decían que no podemos mandar sobre el mar, pero sí sobre la forma en que nadamos.
No sé si sirve de mucho cuando estás tragando agua.
Pero sirve.
Porque luego llega la primera boya. Y otra. Y otra.
Y descubres que aquello que parecía una hazaña se construye con cosas bastante menos heroicas: una brazada, una patada, una pedalada, una zancada. Pequeñas terquedades del cuerpo contra la duda.
Hasta que un día cruzas la meta.
Y entonces sucede ese milagro bastante poco solemne de descubrir que estás feliz. Cansada, quizá. Con las piernas hechas un desastre, el corazón todavía desordenado y la respiración buscando su sitio. Pero feliz.
Y sonríes.
Ahí está todo.
Porque si pudieras verte desde fuera en ese momento, con esa cara de haberle ganado una pequeña batalla a la vida, quizá entenderías que muchas de las preguntas que te haces antes de empezar ,el ¿podré?, el ¿para qué?, el ¿qué necesidad tengo yo de meterme en esto?, eran solo eso: preguntas.
La respuesta estaba esperando al otro lado.
Me halaga poder acompañarte en algunas de esas metas. En una bici, en una carrera, en un nado. Me gusta estar cerca de ese instante en que llegas y el esfuerzo se convierte en sonrisa.
Pero todavía me gusta más pensar que hay otras metas.
Las que no tienen público.
Las que no llevan dorsal.
Las que no aparecen en ninguna clasificación.
Las que una conquista despacio, casi sin darse cuenta, mientras la vida pasa alrededor como pasan los árboles desde la ventanilla de un tren.
Qué orgullo compartir esos ratos contigo.
Y qué bonito verte avanzar.
No porque siempre tengas claro hacia dónde vas, sino porque, incluso cuando dudas, sigues.
Quizá eso sea la valentía. No vivir sin miedo, sino hacerle un sitio y continuar.
Al fin y al cabo, nadie nos prometió que el mar estaría tranquilo.
Solo que, de vez en cuando, habría una boya a la que agarrarse.
Y después otra.
Y después una meta.
Así que espero poder verte llegar a muchas más.
A las de la bici, a las de la carrera, a las del nado.
Y a esas otras que todavía no sabes que te esperan.
Porque algunas de las mejores cosas de la vida empiezan exactamente así:con un poco de miedo, un poco de locura, y esa hermosa costumbre tuya de pensar que quizá no puedas…
y hacerlo de todos modos.
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