La luna mora
Hablan de Córdoba como si fuese una ciudad invivible. Yo, en cambio, la llamaría insustituible.
Hay ciudades que se visitan y otras que terminan habitándote. Córdoba pertenece a las segundas. Se queda prendida en la memoria como el perfume del azahar cuando ya ha pasado la primavera.Como la piedra antigua que, aun en silencio, conserva la temperatura de todos los siglos que la tocaron.
Me gusta recorrer sus calles empedradas al caer la tarde, cuando el cielo comienza a vestirse de califato y la luna, paciente, parece recordar que un día también aprendió árabe. Desde lejos la observo, y siento que ninguna ciudad sabe guardar tan bien el equilibrio entre la nostalgia y la belleza.
Es entonces cuando una mano encuentra la mía. Cuando unos ojos claros sostienen una media sonrisa capaz de detener el tiempo. Cuando el anochecer se vuelve tan sereno que hasta el mismísimo Almanzor habría olvidado cualquier conquista por permanecer un instante más bajo esta luz.
Hace tiempo descubrí que la calma y la prisa pueden habitar en la misma persona. Como si en ella convivieran, sin enfrentarse, las voces de la Córdoba judía y la Córdoba andalusí. La razón y el misterio. La quietud del patio y el rumor constante del agua en las fuentes. Hay contradicciones que no dividen: embellecen.
Y no hablo de los paseos, sino de la compañía. De esa presencia para la que la poesía todavía no ha inventado un nombre. Esa que, sin hacer ruido, convierte cualquier calle en hogar.
A veces es esquiva, como la luna escondiéndose entre las nubes. Otras, inmensamente cariñosa. Hay noches en las que se abotona el corazón, contiene el pulso y, sin proponérselo, hace estallar el azahar por donde pasa. Como si la ciudad misma respirara a través de ella.
Así es.
Tan pertinaz como el Guadalquivir empeñado en abrazar Córdoba una y otra vez. Tan despierta que parece adelantarse siempre un segundo al mundo. Tan segura e hilarante que convierte cualquier conversación en refugio. Y, sin embargo, hay noches en las que guarda un silencio tan profundo que ni la luna mora se atreve a interrumpir su descanso.
De colosal ascendencia italiana y raíces albicelestes, camina con la elegancia de quien pertenece a muchos lugares y, aun así, encuentra su sitio a los pies de Sierra Morena. Como si la ciudad la hubiera esperado desde siempre.
Y entonces comprendo que Córdoba nunca fue solo sus murallas, ni la Mezquita, ni los patios, ni el puente que cruza los siglos. Córdoba también es la forma en que alguien consigue que el tiempo deje de tener prisa.
A veces pienso que todo esto no es más que un sueño con encanto. Que la luna mora ha querido prestarme una noche escrita en al-Ándalus para convencerme de que existen personas que llegan a la vida con la misma delicadeza con la que la luz entra en los patios al amanecer.
Y si algún día despierto y descubro que nada de esto era real, seguiré buscando su mirada entre las piedras antiguas de Córdoba. Porque hay ciudades que se recuerdan, pero hay personas que terminan pareciéndose a ellas: irrepetibles, eternas y capaces de hacer que una regrese, incluso antes de haberse marchado.
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