Los relojes también sangran
¿Y si la vida no fuera un camino, sino un cuadro que se pinta mientras lo estamos atravesando?
¿Y si el destino tuviera el sentido del humor de un reloj derretido al sol?
De niña quise ser futbolista. Soñaba con un balón cuando todavía parecía que los sueños llevaban género. Corrí detrás de él hasta comprender que la realidad también sabe disfrazarse de victoria. No llegué exactamente donde imaginaba, pero descubrí que el mapa nunca coincide con el territorio.
Después quise ser policía.
La vida, que acostumbra a firmar sus obras con tinta invisible, me convirtió en psicóloga y técnica deportiva.
Y entonces entendí que no perseguiría delincuentes, sino silencios. Que las cárceles más difíciles de abrir no tienen barrotes, sino recuerdos. Que el músculo y el alma se fatigan de la misma manera: cuando dejan de creer.
Más tarde apareció la ausencia.
Siempre llega sin equipaje y, aun así, ocupa toda la habitación.
Me despedí de quien imaginé para todos mis inviernos. Intenté ser madre cinco veces. Dos pequeñas eternidades comenzaron a dibujarse dentro de mí, pero eligieron otro horizonte antes de aprender mi voz. Para salvar mi vida, la maternidad tuvo que convertirse en un pájaro que emigró sin dejar plumas.
¿Cómo se llora a quien apenas tuvo tiempo de existir?
¿Cómo se abraza un vacío que nunca llegó a tener nombre?
No volví a intentarlo.
Hay puertas que una deja cerradas no porque haya perdido la llave, sino porque ha comprendido que algunas habitaciones solo existen en los sueños.
Y, sin embargo…
Aquí sigo.
Escuchando.
Aprendiendo que el error no es una grieta, sino una ventana. Descubriendo que cada ser humano habita un universo donde las leyes de la gravedad son distintas. Amando a los animales porque jamás aprendieron el artificio de fingir.
Nunca fui madre.
Pero hay maternidades que no nacen del vientre, sino de la forma en que una sostiene el dolor ajeno, acaricia una vida frágil o permanece cuando todos los demás se marchan.
Quizá vivir no consista en alcanzar aquello que deseábamos, sino en convertir nuestras ruinas en un jardín donde otros puedan descansar.
¿No será el destino un gran surrealista?
Nos promete una escalera y nos entrega un océano.
Nos habla de certezas mientras esconde relojes blandos entre las ramas del tiempo.
Y aun así…
Seguimos amando.
Seguimos creyendo.
Seguimos sembrando belleza en un mundo que insiste en marchitar las flores demasiado pronto.
Conocer.
Respetar.
Amar.
Tal vez esa sea la única obra maestra que podamos dejar cuando el lienzo se cierre.
Porque el tiempo no corre.
Se derrite.
Y mientras intentamos atraparlo con las manos, él se desliza entre los dedos como un sueño del que despertamos demasiado tarde.
No esperen al próximo tren.
Quizá el verdadero viaje siempre fue aprender a contemplar el paisaje mientras el reloj perdía su forma
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