Justo antes de dormir
Hay días en los que el cielo olvida quedarse arriba y decide vivir dentro de ti. Las lágrimas aparecen sin permiso, buscando un océano que no siempre existe. Porque hay dolores que no quieren respuestas. Tan solo un lugar donde descansar.
Esperas un mensaje que alivie y llega una llamada que despierta culpas que ni siquiera sabías que seguían respirando. Entonces entiendes que no todas las ausencias pesan igual y que no todas las palabras llegan para sostener.
Hay días que nacen bisiestos aunque el calendario insista en llamarlos verano. Días en los que el mundo continúa floreciendo mientras tú aprendes, en silencio, el idioma del invierno. El interés cambia de orilla y descubres que hay lugares donde uno deja de pertenecer sin hacer ruido.
Y, sin embargo, la vida tiene esa extraña costumbre de quedarse. De esperar a que el ruido se canse. De recordarte que un día malo nunca ha sido una vida rota.
Quizá de eso trate la fortaleza. No de no caer, ni de no llorar. Sino de mirar de frente aquello que duele sin permitir que ocupe todo el paisaje. De aceptar que algunas heridas no se cierran: se vuelven parte del camino, como las cicatrices de los árboles que siguen dando sombra.
Y llega la noche.
Y justo antes de dormir, cuando nadie mira y el mundo deja de pedirte explicaciones, aparece una sonrisa pequeña. Casi invisible. No porque todo esté bien, sino porque tú sigues aquí.
A veces, la paz no hace ruido. A veces, solo tiene la forma de una sonrisa que decide quedarse un minuto más antes de cerrar los ojos.
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