Primavera que arrasa

Llegó la primavera para arrasarlo todo. No con flores, ni con luz, ni con ese rumor de vida que otros celebran, sino como un viento que desordena lo que ya estaba frágil. La idea que tenía para este año ha vuelto a posponerse, como tantas otras, como si el tiempo me colocara siempre un paso detrás, en ese segundo plano donde las cosas no llegan a ser completas.

He roto con los hábitos que formaban parte de mí, y en ese quiebre he perdido por las dos partes: por confiar… y por querer más de la cuenta. Me arriesgué sabiendo que podía perder, pero también con la idea ,casi inevitable, de que podría ser. Y ahora solo queda asumir que en el deseo y en la atracción hay siempre una porción grande de sinrazón. Que no todo lo que se siente merece guiar el rumbo. Que el corazón, a veces, también se equivoca, ¡carajo!

Ya no existen las caricias. Se han diluido también los “buenas noches”, y los “te quiero” se han ido haciendo lejanos, casi irreconocibles, como palabras que pertenecieron a otra historia. La vida en común se queda suspendida en conversaciones que nunca se dan, en silencios que pesan más que cualquier discusión.

Ni siquiera en los momentos a solas aparece la intimidad, y está bien reconocerlo, sin forzarlo. Hay cosas que, si no nacen, no se pueden empujar sin que pierdan sentido. En los rodeos que intento para acercarnos, lo que encuentro es distancia… y poco a poco dejo de verlo como un muro y empiezo a entenderlo como un límite que simplemente está ahí.

En tu nuevo espacio no hay rastro de lo que fuimos, ni una imagen, ni una señal, y quizá también eso habla, sin necesidad de palabras. Lo que no permanece, tal vez es porque ya no necesita quedarse.

Cuando ofrezco afecto, vuelve el silencio. O a veces un “yo también” ligero, casi sin posarse. Y en lugar de pelearlo, lo observo. Lo dejo ser lo que es.

Pero hay algo que sí pesa: me duele posponer la vida, dejar lo importante para después, evitar mirarnos a la cara y nombrar lo que ya es evidente. Duele dejar que el tiempo pase como si fuéramos eternas, mientras yo me voy cayendo por dentro, sin aliento, sin esperanza. Con noches en vela y mañanas que se estiran más de lo que deberían, como si el día también dudara en empezar.

¿Hablamos de que somos complicadas? ¿De que podríamos entendernos? Y, sin embargo, aparecen esas metáforas de piezas de puzle que no encajan… como si hubiera que encajar, como si amar fuera adaptarse hasta borrarse, hacerse a imagen y semejanza de lo que la otra necesita, o como si el simple hecho de vernos exigiera un esfuerzo. Y ahí, sin dramatismo pero con lucidez, algo se revela: cuando el vínculo se vive como ajuste constante, deja de ser encuentro y empieza a ser desgaste.

Qué extraño y qué triste resulta todo esto frente a lo que imaginé contigo, frente a lo que alguna vez dijimos. Pero también es cierto que las decisiones, incluso las silenciosas, ya han ido trazando un camino. Y hay caminos que, por su propia naturaleza, no contemplan regreso. Reconocerlo no es rendirse: es comprender el punto en el que una deja de negociar con la realidad.

Y aun así… qué fácil fue creer. Qué humana la ilusión. Qué hondo cala darse cuenta. Desde aquel 16, algo en mí aprendió que no todo lo que promete sentido lo contiene.

No hay prisa en responder. Algunas verdades, como el humo, se entienden mejor cuando se dejan flotar.

Y en medio de todo eso, me descubro vacía. Triste. Hastiada. Harta de estar harta. Como si la primavera, en lugar de traer brotes, despertara demonios antiguos, dejando un frío desolador que no corresponde a esta estación. Un frío que no se ve, pero que cala.

Me hundo. Me caigo. No logro sostenerme.

Pero incluso en esa caída, hay un resto de impulso. Una necesidad urgente, casi instintiva, de batir las alas, aunque duelan, aunque tiemblen. De alzar el vuelo, aunque sea torpemente. De recuperar ese instante mínimo en el que recuerdo quién soy, antes de quedarme atrás.

Porque, en algún lugar, aunque ahora cueste verlo, sigo estando. Y todavía puedo volver a ser.

Seguir estando. Seguir siendo.

Sin ruido. Sin promesas.

Pero con decisión.

Y será desde ahí , desde la conciencia de lo vivido, donde el pasado deje de ser un peso y empiece a ser materia. Porque lo no resuelto no desaparece: se transforma, se escribe, se integra. Y en ese gesto íntimo de ordenar el caos, de mirarlo sin huir, habrá una forma nueva de sostenerme. Tal vez entonces vuelva a escribir… no para quedarme atrapada, sino para comprender(me), mientras el humo dibuja pausas y el tiempo, por fin, deja de doler en cada minuto y en cada sorbo de soledad.


Comentarios

Entradas populares de este blog

LA NORIA DE LO INEVITABLE

Quiero un amor