Pausa lúcida

 No hallo consuelo. Y, sin embargo, empiezo a preguntarme si siempre fue necesario encontrarlo.

Hay días que se apagan sin ruido y noches que se alargan más de lo que el pensamiento puede sostener. En ese silencio, incómodo al principio, algo se va ordenando sin prisa, como si la claridad no necesitara imponerse, solo aparecer cuando ya no se la fuerza.

He pensado mucho en lo que fue, en lo que imaginé que podía ser.
Y quizá ahí estaba el primer desajuste: en habitar más lo posible que lo real.
Porque lo real, cuando se mira sin adornos, no suele derrumbarse de golpe, simplemente deja de sostenerse.

No hay culpables.
Esa idea, que antes pesaba, ahora se diluye.
Cada cual elige desde donde puede, desde lo que sabe, desde lo que le alcanza.
Y en esa suma de elecciones, a veces sin intención, también se dibujan ausencias.

He estado ahí.
Pero no del todo.
Como si mi lugar se deslizara siempre hacia un margen tranquilo, sin conflicto, casi invisible.
Presente para lo liviano, para lo cotidiano, para lo sencillo: elegir una calle, un sitio donde comer, un plan de sábado.
Pero ausente cuando lo importante tomaba forma en decisiones que ya venían hechas, cerradas, ajenas.

Y no lo vi de inmediato.
O tal vez sí, pero elegí no detenerme ahí.

Hay una diferencia sutil entre estar y tener lugar.
Y comprenderla no duele de golpe. Más bien se instala despacio, como una certeza que no discute, solo permanece.

Ahora, cuando escucho que no puede sostenerse, ya no hay resistencia en mí.
No porque no importe, sino porque empiezo a entender que sostener también implica ser sostenida y … eso nunca terminó de ocurrir.

No sonrío como antes.
Pero tampoco es tristeza exacta lo que hay.
Es otra cosa.
Una pausa más honda.
Un espacio donde todo lo que parecía urgente pierde peso y deja paso a preguntas más quietas.

¿Qué lugar acepto cuando digo que quiero quedarme?
¿Qué parte de mí dejo fuera para que algo continúe?
¿Y en qué momento eso deja de ser amor y empieza a ser costumbre o inercia?

No tengo respuestas cerradas.
Solo la sensación de que algunas historias no se rompen, sino que se revelan incompletas.

Y entonces una se detiene.
No como gesto definitivo, ni como huida, sino como quien decide observar antes de dar un paso más.

Porque elegir también es eso:
saber cuándo permanecer…
y cuándo, sin hacer ruido, empezar a retirarse hacia dentro.

Y lo demás…
Lo demás, lo que quede , lo que cambie, lo que tal vez  aún podría ser,  seguirá su curso, como todo lo que aún no ha decidido en qué convertirse y no necesita resolverse ahora.



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